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Agradezco sinceramente a Cris Fernández (Argentina), y doy testimonio de la publicación de cuatro de mis poemas en su revista virtual:

Letras en el Andén, N° 117.

Esta vez, los “viajeros” elegidos para viajar en esta simpática locomotora virtual,  fuimos:

Pablo Delgado Ulloa – Quilicura – CHILE
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Junto a:
Emilio Nuñez Ferreiro – San Antonio de Padua – Prov. BUENOS AIRES
Fernando Sorrentino – Ciudad de BUENOS AIRES
Eduardo Persico – Lanus – Prov. de BUENOS AIRES

Para leer la publicación en su sitio original y conocer más del trabajo de Cris, deberán pinchar el siguiente  enlace:

http://letrasenelanden.blogspot.com.ar/2015/03/numero-117.html

Cris La Mejor

Cristina Fernández / Editora y Maquinista jefe de Letras en el Andén.
Abogada, mediadora, docente, música, poeta y cuentista.

 

cuento pablo

 

(Cuento publicado en La Nación – cultura domingo – 2010)

 

El primer y único encuentro que tuvo doña Fresia Almodóvar con Ismael, ocurrió cuando visitaba junto a su familia la casa de los Ferreira. Ese día de veraneo furtivo sirvió para degustar la fervorosa chicha y masticar el pan consumado de los hornos de las lomas, que entonces eran de famosa culinaria en Tameral, lugar cercano a la capital donde se cultivaban todas las hortalizas necesarias y consumidas kilómetros a la redonda. La mañana del 6 de mayo de 1945, ella bajó del carro con su padre y su esposo, don Gilberto Massa de Gruts, terrateniente, quien no la dejaba ni a sol ni sombra y complacía en sus más encumbrados afanes. El receptor RCA Víctor codificaba casi inaudible la noticia despachada desde la ciudad de Berlín, Alemania.

Fresia, de buena estatura, pródiga en belleza, de carnes apretadas, de generosos pechos y levantado trasero que bajo su vestido de grillé marcaba aun más sus esplendorosas curvas de apetecida hembra. Bajaban y subían con la sinuosidad de sus movimientos aquellas lomas encarnadas. Fue en ese momento cuando rozó la mirada de Ismael como una sentencia que ya se sabía consumada. Ismael, arriero de esas tierras y mozo de don Agustín Ferreira, consignaba su tiempo en trámites de notaría, recolector de frutos, además de sirviente de la casa mayor de esa familia.

Esa tarde, después del apetitoso almuerzo convenido y placentero, la degustación de licores de la zona y lo que posteriormente no olvidó Ismael, lo que nunca esperó que sucediera, doña Fresia dejó su hilado chal sobre el sitial del salón principal para salir a tomar la sombra de los parrones que bordeaban la inmensa casa señorial, sin que nadie, – ya que don Gilberto dormía afanosamente y su padre empecinado en otra sala jugaba al póquer con sus amigos – hiciera hincapié en seguir sus pasos.

Sólo Ismael bordeó su salida y condujo también su caminar en la misma dirección. Algo de su perfume quedaba en el aire como un hilillo, dejando pistas o señas por donde debía ir quien quisiera acosarla. El camino de hojas de parra y nogal rozaba sus pasos. Ismael ojeó a su alrededor sin que hubiera un rumor, o una vaguedad que entorpeciera su caminar y el de ella. Se toparon antes de ingresar a la bodega de la servidumbre, en donde se guardaba siempre el pasto para las bestias y uno que otro saco de maíz. Ismael contuvo la respiración para mirarla. Primero desde la nuca y luego hasta los tobillos envueltos en cuero de tupiere, donde se cruzaron sus ojos y los de ella. No fue necesario que se dijesen algo; ella arqueó su cuerpo hacia el de Ismael y rozó con sus dedos el endurecido miembro. Ismael sintió que algo más que su corazón saltaba en su cuerpo. No imaginó nada, todo estaba sucediendo. Cuando ella se aproximó más sosteniendo entre sus labios su lengua nervuda y la apresó entre sus dientes como si fuese un solo sexo, él ya había trozado entre sus dedos la piel lisa y suave de su espalda. Contoneó la caída en los nudillos de sus manos y palpó ese fragor que iba ascendiendo hacia él como un cigarro recién prendido. Así se condujo por un momento hasta que en reincidencia aumentó sus deseos de macho para recorrer con sus palmas la inmensa geografía de esas carnes puestas a devorar. Transpiraba Ismael tocando la piel de ella. Su miembro convulso se extendía y cogía con sus dedos el desnivel de su hermoso cuello; mordía afanoso su delicada presa, tropezaba cada vez levantando sus pechos que apremiaban su lengua como un fruto a devorar. Ella respondía cada uno de los movimientos insistiendo en los arqueos desatados que la hacían buscar afanosamente la prolongación del goce. Nada se dijeron, mejor dicho, se hicieron. Ella entregó ansiosa sus pezones al abanico que la lengua de Ismael le prodigaba. Él bajó lento, sin tropezar, hasta sus caderas y luego extendió su sopor a su ombligo, comulgó sus dedos para buscar su clítoris que fungía ya su natural humedad. Enhebró nudillos y comusiras para hartarse de sus paredes. Torció como un animal su cuello y hundió su cabeza en medio de los esplendorosos muslos de doña Fresia. Ella no sabía de aquella insistencia de carnes y tributos que no apaciguaban. Sólo se dejó envanecer en aquellas sensaciones. Entonces Ismael frunció de arriba a bajo y de costado a costado su traposa y extendida lengua que buscaba destrozar en más instancias el goce. Abrió aquel fruto carnoso e hizo suyo todo el territorio que aquella hembra disponía para él. Sólo faltaba el jadeo de sus cuerpos para abrirse el uno y penetrarse el otro.

Bramó doña Fresia cuando Ismael punzó una y otra vez su poderoso pedazo de carne abriendo sus paredes en ese goce infinito. Remeció el arqueo de su cuerpo haciendo suya esa boca paciendo el contorno de sus labios. Ella esgrimió el goce de aquella penetración que remecía su conciencia en el fusto placer. Duro el miembro, como estepas de raulí que vejaban su candorosa cavidad. Mordió ella cuanto encontraba entre el turbio trasluz de las paredes y el sudor licuado que fenecía en sus manos.

El gemido no despertó la tarde y el rumor de los pájaros era el de costumbre. Se sabían extasiados, al límite de lo que aquella gesta les prodigó.

Cuando ya se escuchaba en las afueras el halar de las ruedas, Ismael retuvo otra vez la noticia desde la RCA Víctor. “Eva y Hitler estaban muertos”.

Cercenando el mar en su caída

Publicado: octubre 17, 2012 en Poesía
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Sabía de esa calle

cercenando el mar en su caída.

Bajaba mis pisadas por la vera

y cruzaba la plaza en un desdén hasta tu cuarto.

Condell, Pudeto, el café,

eran mis señas para golpear las escaleras

donde hubo disturbios, malos entendidos 

y destrozos de amor en esa turba.

 

Ya en ese entonces amaba

y bajía cual preñado mi frondosa saliva.

Mordía pañales y banderas para conquistarte

en fuese de gloria sobre las otras batallas.

De mí no se cuenta elocuencia, sino, la brevedad

de ser parsimonioso, como el gusano que se atreve

al éxtasis en fuga de cruzar la selva

de frondosa vaguedad.

 

Ahí fue mi conquista.

Me atrevo a decir que mantuve la calma

para despistar mi inocencia.

Nada se sabe,

ni se ha descubierto pito alguno

para acusar mi adicción.

 

Sólo amaba cual petardo las tardes enteras

en tu cuarto de paredes oscuras.

Menuda fragancia aterrizó en mis labios

cuando ya sabía de esa calle

cercenando el mar en su caída.

 

 

Pablo Delgado U.

Dos poemas publicados en Revista ANCLA

Publicado: octubre 8, 2012 en Poesía
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MUGIR NO ERA EXACTAMENTE

 

Te contaré de las tardes con ella;

no de la brisa que hacía crujir la madera del tiesto.

Ni de los alambres púas rascando el pavimento.

 

Mugir no era exactamente lo nuestro, era preludio,

hecatombe concebido de hembra a hembro en su torcedura.

En su rascar de entorno, como sintiendo la lengua.

Eso era lo nuestro, depositar el nervio,

despoblando los poros como desviando la marea

para prescindir del ahogo.

 

Entonces era lo nuestro.

Habitar meramente sus cuencas

sin eludir sus vaivenes que de lomas se apresaban mis manos,

que de hondonadas se tropezaban mis dedos, curvos, torcidos,

rectos para caber en la planicie honda de su entrepiernas.

 

Entonces era lo nuestro.

Tendernos boca arriba, boca abajo,

poblando con brazos y piernas la infinita jura de creernos uno.

Era, furiosos rasgando y quebrando las vértebras

en ecuánime coincidencia de avistar el goce.

 

Si de aquella brisa,

de aquellos alambres rascando el pavimento,

de aquellas tardes con ella.

 

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Las Tías

Publicado: octubre 8, 2012 en Poesía
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Ellas fueron fenicias a la hora del té,

endulzaban

sopesando al vaivén de su cuchara.

Té verde, amarillo, rosado para ellas

mientras velaban sus muslos y rodillas,

gota a gota el té fenecía

cuan atajos por la fiebre que yacía en sus canillas.

Atávicas, meandras y parduscas se dieron

con sus tazas de té en su cocina.

Ellas sabían de ese mundo.

Guardaban amuletos, perlas y portafolios,

cartas que escribieron para otros

u otros escribieron para ellas.

Nada las retuvo en este circo,

escupieron sobre pieles y sus discursos

majaban por las tardes,

no siempre a la hora del té.

 

 

 

Pablo Delgado U.

Me gusta verlos pintarse

Publicado: septiembre 29, 2012 en Comentario
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 Pablo Delgado U.

Cuando Jaime Collyer usó: abyectos, despreciables, narcisistas, entre otros epítetos, para describir a los escritores, no estaba lejos ni distante de lo que suele suceder en esa cofradía. Tampoco lo estaba  Parra al poner muy cercana la palabra sospechosos. Al parecer la vanidad es algo menor en ellos; por cierto, hay  vaguedades peores que los cruzan y crucifican descarnadamente, y en la historia literaria, muchos de ellos han dejado abiertas grandes pugnas sin resolver que en sus escuálidas vértebras enhebraron para que no salgan a flote.

¿A qué viene tanta baldía punitiva cuando aún falta tanto camino por recorrer?. “Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar”

Me confunden los escritores como también me sucede con los historiadores, aunque por cierto, mi desconfianza está en los puntos de vistas, sobre todo en las fechas que otorgan a sus realezas. De hecho, los veo pugnar en contradicciones: pujan la aparentabilidad de lo incierto para acertar la parafernalia que sostiene su desidia.

Me veo mejor con los filósofos; hasta es posible decir que tienen otro tono de piel, otra mirada, que suele ser a veces trasparente. Incluso podría sacarme una foto con ellos. En cambio, y no por desprecio, los otros, los escritores bufan otro aire, parpadean lento y enturbian la mirada. Creo, y los he observado, caminan apretados, se sobajean demasiado unos a otros, pero no se confundan que son artimañas, preceptos, consignas que esconden bajo su piel disfrazados para atacar y despresar a su presa.

(más…)

De Historia geográfica reunida”

Publicado: septiembre 29, 2012 en Poesía
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Ya no habrá plea mar entre nosotros

ni las elípticas mariposas cruzarán el océano

en pos del sosiego.

Fuesen buscando el surco del agua,

quebradas u olas como habidas a callar

tu grito y el mío.

De las flores del mal se contará después

y sea posible juntarnos a beber el mosto vestigio de esa vera.

Pasaremos a emborracharnos otra noche y seremos después de todo

ebrios de ese mar en cinta.

Se cuenta que bajamos abrazados,

abrazados y torpes

como un desliz de perro que cruza dos veces una plaza.

Nos apretamos los dedos, tus dedos y mis dedos,

se cuenta que algo se veía a vastedad de playa en esa ola,

y que una sombra,

algo como una sombra sobre otra

se dejaban caer,

nada más se supo de nosotros.

Pablo Delgado