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Agradezco sinceramente a Cris Fernández (Argentina), y doy testimonio de la publicación de cuatro de mis poemas en su revista virtual:

Letras en el Andén, N° 117.

Esta vez, los “viajeros” elegidos para viajar en esta simpática locomotora virtual,  fuimos:

Pablo Delgado Ulloa – Quilicura – CHILE
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Junto a:
Emilio Nuñez Ferreiro – San Antonio de Padua – Prov. BUENOS AIRES
Fernando Sorrentino – Ciudad de BUENOS AIRES
Eduardo Persico – Lanus – Prov. de BUENOS AIRES

Para leer la publicación en su sitio original y conocer más del trabajo de Cris, deberán pinchar el siguiente  enlace:

http://letrasenelanden.blogspot.com.ar/2015/03/numero-117.html

Cris La Mejor

Cristina Fernández / Editora y Maquinista jefe de Letras en el Andén.
Abogada, mediadora, docente, música, poeta y cuentista.

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MUSTIO PRESAGIO O LOS LÍMITES DE UN DISCURSO

 Pablo Delgado U.

Las evidencias sobre Baldomero Peru, son sólo signos esparcidos en un Valparaíso lejano y poco vidente a la hora de reunir acontecimientos en hechos que pudiesen darnos pistas o signos, de una elocuente vivencia de este autor que estuvo merodeando cerros y orillas de playa por los setenta. Es un creador al borde de lo maldito en la poesía chilena. Prematuramente desaparecido, poco plausible y gestor de una bruma poética poco reconocida por sabedores, desdeñadores o inquisidores de fusta a la hora de desasirse de antologías.

Creador de Mustio Presagio, pieza única que consolida su acercamiento a la ya tan bullada, vasta y sumida marea de creadores de poesía que hicieron en ese entonces, un discurso plebe, consanguíneo y mutante para referirse a sus pares.

Nacido en Valparaíso, según testimonios veedores que lo califican como “melancólico, casi nocturno en su transito por la vida”. Este poeta arribó a esta ciudad en 1956, siendo ésta su primera residencia. Posteriormente su familia se trasladó a  El Salto en la ciudad de Viña del Mar. De allí su deambular entre los mapas de estas dos ciudades.

Su infancia merodeó en textos de naturalezas muertas y pintores renacentistas que no merman su fecunda creatividad. Seguidor de libros de botánica, educación pre escolar, historia universal y manuales para criar conejos, se prodigó de ciertos afanes melancólicos que arrastró hasta sus últimos días de bohemia y disidencia entre las calles, en ese entonces, barrio chino de Valparaíso.

Adolescente, su quehacer literario se fustigó de autores de la talla de Mallarme, Eluard, Trakl y otros creadores prodigando por otro lado un inquietante acercamiento a la obra de nuestro Teillier.

Baldomero Peru, autor que se margina arbitralmente del quehacer local dice: “Nada me es ajeno, he descubierto lo que ya se ha descubierto por otras voces; poseo el don de convertir los gestos, las vicisitudes y los descalabros mutantes en tránsito que versa mi poesía.” Así se posesiona de disyuntivas para crear sus primeros textos: “Fuertes alzas imperan y merman el presupuesto familiar”. Esta insinuante pigmentación prevalece en sus afanes como signo permanente de su obra. La mezcla del paisaje social y contingente transferido a signos haciendo que el tiempo y la figura femenina además, se encausen en su andar poético y, no decaigan a la hora de determinar su intención verbal. “Encontrada con múltiples heridas que acabaron con su vida, mujer de aproximadamente 30 años permanece sin identificar en una de las salas de atención publica de esta ciudad.”

Los atardeceres de Baldomero Peru, por cierto siempre cerca de los muelles, lo prodigaron de características prodigiosas con respecto a sus congeneres de verba poética. Caminante perpetuo de calles y pasajes donde se ilustraba conectado a sus lecturas predilectas. Visitador asiduo de bares, locales o casas, donde convergían sus creaciones entre copas y conversaciones de tópicos que hicieron de él, un mito urbano como muchos otros personajes que deambulan por las calles y sitios diversos de esta ciudad. Valparaíso, como planicie de hojas detonantes, abiertas y húmedas por el mar, fue su receptor para la creación de su poesía, hecha mustiamente entre roqueríos. Sus palabras tejieron el rito metálico del cemento. Memoraron su geografía lingüística en un enjuague versado que dio una perpetuidad a sus textos. Diáfana urbanidad en los bajos fondos del puerto. Aun en viejas paredes, muros a punto de caer, laberintos asimétricos que encausan la entrada hacia los ascensores, baños públicos, escaleras desechas por el tiempo, puertas corroídas de pigmentado quehacer se encuentran sus textos. Vocablos de poesía que enuncian su discurso voceado nunca tardíamente por los jóvenes de hoy.

A sus veintiún años, su camino prodigó una inquietante interrogación respecto del quehacer poético porteño. Otros autores prodigaron otros afanes en la poesía y sus discursos, más bien retóricos, o elocuentes se manifestaron en lo político y amoroso. Generación emergente, nn. Él en todo caso, mustió la verba en situación de yuxtaponer un género contra otro y en lo posible no parecer poético lo que ya estaba convertido en poesía.

Fotógrafo sin cámara, insinuó la xilografía de las calles como soporte gráfico para obtener su única ilusión: su irrealidad como sujeto en la selva porteña, dejando despeñar el  convencimiento de que su vida estaba trunca para más tiempo. Se cobijó en los sitios más inverosímiles para germinar su poesía y mutarla en parte del paisaje.

Este autor, excluyente de generaciones, voceó su pear en gesto urbano dejando el presagio de que su trámite no terminaba en la página en blanco o en la edición limitada del libro. Voceó la contingencia y la premura del párrafo, de la columna periodística, de la crónica roja, de la crítica literaria, del aviso comercial y del abismo poético de su discurso en muros y paredes como ya  he dicho anteriormente. “En venta terreno, 420 metros cuadrados con harto verde y mirada al mar”

Antepuso la tesis del vocablo sólo atrevido al papel para un lector pasivo, y no intervensionista como sucede para un  soporte urbano, gestual, arquitectónico, irracional o estático y de no impulsor de emociones lictuales como in situ, donde la gestualidad del lector cobra una relevancia mayor como signo determinante para validar su obra. Este creador propuso una contraseña hacia la página escrita como tradicional, y volcó esa premisa de escribidor en otro tema para continuar como tipógrafo transfiriendo su escrito al metal rústico de la página en la linotipia.

Ya su poética es controvertida para doctos, curadores, críticos, filósofos, coautores, ensayistas y premonitores de antologías del parnaso mecual como suele suceder en el ámbito de la movilidad creativa donde no están todos, ni son todos los que están. Entonces, reducir su articularidad como poeta a la explanada de la ciudad, no valida su alejamiento póstumo como autor de un discutible discurso de antología. Su obra no está reducida a ser reconocida por lectores furtivos o certeros francotiradores que emularon su discurso mas allá de las paredes como soporte o aquellos que intervinieron en su trazado urbano para luego desfallecer en el anonimato.

Bástese entonces, que este autor ha contribuido con su mensaje a dispersar un tratamiento poético versado en la superioridad del contexto. Su trajinar ambulativo contradice el posesionarse en la página en blanco o discutir los trajines que puede tener un texto a la hora de manifestarse. Mustio Presagio, valida a un creador en la poética discursiva que con la elocuencia inminente rastreó su verso tapiando sin limites una ciudad.

 

Pablo Delgado U. 

(Publicado en Revista El Puñal y en el fanzine Alias & Co.)

Diciembre 2008

 

  

 

 

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PABLO PALACIO, A PUNTAPIES, PERO NO MUERTO.

 

Pablo Delgado U.

 

Siempre hubo arrogancia en el dossier de Pablo Palacio, (1906/1947) que a temprana edad dejó este mundo. Su historia literaria, interesante, desvinculada ciertamente de la cotidianidad, pone en celo su profunda filosofía que pasa por ser el objetivo creador que plasma en sus textos. La  realidad que penosamente trascendió siendo absurda  y más poderosa que su locura, lo torturó haciendo de él un “magno” particularmente atrayente para quienes han conocido su literatura.

Desde “Un hombre muerto a puntapiés” (primera edición aparecida en Quito el año 1927), rarísimo ejemplar por donde deambulan seres de escrutas pasiones que ajustan su quehacer y su premeditado desencuentro por las miserias del hombre y de una vida que no está lejana ni ausente en muchos de los seres literarios que pasan por las páginas de sus escritos. “El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente”.

Singular artista ecuatoriano vinculado a la corriente innovadora que conmovió a una generación con su talento narrativo para tratar sus personajes, Palacio surte desde la ironía haciendo flejes con el humor hasta  plasmar la deshumanización histórica y profética que envuelve su prosa. Haber de tópicos, antirromántico y jurista. La gran conciencia de sus creaciones estuvo en la parodia y el dramatismo. Desde muy joven se inclinó por lo excepcional haciendo que muchos congéneres se acercaran y dieran hitos a sus creaciones. Distante siempre de la realidad común, sorteó el envés, las olas y los ismos que marcaban el signo de los otros.

Lo que muestra Palacio, son seres toscos, enmarañados, proclives, marginales, pero sustanciosos al momento de transformarlos en literatura. Ahí posiblemente esté la cosmovisión de lo paradójico y mutante de su prosa. La vida misma que encubre la realidad de quienes  poseen el travestismo humano y doloroso de convertir los hechos en una sustancia que se entrelaza con ironía y lo burdo de saber que la realidad es más fuerte.“Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso”.

Su poética constante en “Un hombre muerto a puntapiés” es desmadejar algo no resuelto.  Una enmarañada de hechos uniendo las imágenes  que sus palabras derriten en el papel. Lo sagrado de lo escrito con tan pura palabra. Básteme decir que el talento en ciernes de este creador extrañísimo, es lo que suele pasar muy pocas veces en la literatura, esto que constituye en crear, en destrozar la palabra como los mejores poetas o prosistas que pasaron por esta vida. Hacerlo constituye despresar al sujeto y darle verosimilitud a los vaivenes de su existir y de aquello que lo trajo, lo que constituye hacer su propia literatura. El devenir en la existencia de algunos seres que están entre nosotros, pero que por una u otra razón no tocamos, no rozamos, no anhelamos, no intentamos que sean tan cotidianos como nosotros. Por eso es interesante la mirada y el juicio de Palacio para hacer que aquello aparezca y se constituya en un acervo para depositar en nuestra mirada, lo cual logra imponiendo temas nuevos en la narrativa y usando la parodia como elemento diferenciador del realismo. Causa que es protagonizada por personajes desvastados, marginales en el sentido craneal de la escritura, pero a sabiendas de que están, existen y son parte de una sociedad ciega y funesta para hacer de ellos constituyentes de la realidad no ficcionada.

Aquí lo cierto y lo que tañe es su literatura, -todos los fuegos el fuego o el modelo por armar que posteriormente armó Cortázar–  esa trizadura donde incurrió este generador, y en las jeremías que nos aturdió como suelen hacer los genes creativos de este mundo.

Palacio, entonces, es vocero de aquello que nutre Joyce, maramente la literatura que no pasa de hito en hito, sino reiterativamente muerde con sus textos.

Palacio no queda en deuda con el lector, no hay otra salvedad que la expuesta. La psicología de lo humano se badea en sus escritos y sólo se fusiona con la lectura.

En rigor, lo fundamental de este escritor, creador de lo insólito, evolucionado y atemporal, es cruzar siempre la línea de lo sagrado con su lenguaje, para estremecer nuestro cuerpo antes de ser encontrado un hombre muerto a puntapiés

 

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Lo grato para mí es desconocer metafóricamente al autor de estos textos que me han encomendado discernir ,  avalar o enjuiciar sus letras quebradas que, al juntarse unas con otras se conjugan en un acierto para leer y describir su mundo poéticamente imaginario que puede estar en las riveras de Edgar Allan Poe, Rimbaud, Baudelaire u otros.

El libro de Cristofer Valenzuela “El dolor de la pasión”, (Edición Olga Cartonera 2013) pasa por ser fragmentario en el sentido de los temas, acierta en la construcción como si fuesen cristales que al ser multiplicados producen con su oficio lo contante que permite siempre  el estar en permanente relación con la poesía.

DSC00181Con afán se puede decir que “El dolor de la pasión” tiene un contrasentido que profesa y sobrepasa el dolor. La pasión existe está  cubierta y se encuentra donde nadie piensa que pueda estar.  Cae lenta, despacio, con matices, cómo uno siempre espera que sea una poesía joven, como lo son los textos de Valenzuela.

He allí que buceamos nosotros para encontrar la sirena que nos cante con la voz que empezamos a descubrir en este poeta.  Ese canto a veces es una delicada tarea, tal vez sensible.  Enfrentarnos a textos que acercan y distancian la muerte. Discernir sus contrariedades y ritmos puede ser también un ejercicio filosófico, lo cual merece el apremio y no la duda. Al vadear  su poética es posible que nos topemos con temas que se sienten en otras voces, pero el ejercicio va más allá de descifrar un poema o claudicar.

Por cierto el amor, la soledad, la nostalgia se pasean  en sus palabras, crean el poema y lo hacen fructífero  desde un punto de vista argumentativo. La razón por el cual está escrito de esa manera puede ser un tema evolutivo desde la perspectiva del creador, pero en ciernes desde nuestra mirada.  Nada es absoluto en literatura,  ni convincente, ni elocuente, ni definitivo.  Siempre se está en crisis creativa y razonando sobre la creatividad de las palabras. El respeto a eso es lo que existe en este autor.  Cristofer  Valenzuela, empecinado espécimen, serpentea en sus crisis dejándonos fluir  con muy buena factura el desdén de sus palabras, lo que ve en su mundo, en su portafolio de caminante y que por cierto, va dejando su pasión en ristre como lo suelen hacer los que piensan antes de dedicarse a escribir poesía.

Este autor pertenece a una generación que, a mi entender,  posee una acertada visión de la poética y sus temas: muerte, soledad, nostalgia, amor, pero se  admite con soltura que sus frases ciertamente lo ayudan a crear  su propia visión y estrategia discursiva.

Podemos decir que estamos para hacer  cómplices de su nuevo trabajo, esperar a que ahonde con el mismo furor de ahora los temas que vendrán. Sabemos con juicio premeditado que dará nuevas pistas, traerá las evidencias, y nosotros   nos dedicaremos a vaticinar o entregar  para bien del autor, un nuevo acierto.

 

 

 

   PABLO DELGADO U.                                                          

SANTIAGO, 26/10/2013

 

 

EL DOLOR DE LA PASIÓN

Autor, Cristofer Valenzuela

Editorial Olga Cartonera

 

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Publicado: junio 28, 2013 en Comentario
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       Pablo Delgado U. 

                                                

Escribiendo con un pie en la tumba, Roberto pasaba celebrando la vida como pájaro raro. Con su apariencia enjuta y su abrigo negro se esfumó como el último de los malditos. Rebelde, pasado a tabaco y con algunas copas en el cuerpo irrumpió en los laberintos de lecturas y de su propio laberinto. Su cotidianidad con el cigarrillo se volvió humo y espuma antes de su muerte. Pasó por esta vida encontrando el amor y la bilis de sus mundos. Callejero, fue un espantapájaros para la perime de los escritores.

Bueno para las manzanas, rondó la pulpa y las pepas que lo llevaron por el mundo. México, París, España buscando un café con leche, sueños y pesadillas. Escribir. Escribir venas y arterias de vida. Cargado de ironía buscó la noche que buscan todos los novelistas entre el fracaso y el olvido.   En arrugados y mojados libros incursionó la manía sangrante de sus escritos que parcelaron su poética y le dieron rímel a sus cuentos y novelas. La sangría de sus páginas camina sola por la vera y lo tenaz de su talento es un escrutinio para quienes aún lo tienen entre ceja y ceja buceando sus crónicas y poemas.

Culto, en su cielo viajó buscando nocturno de Chile, a Morel en su invención. Fue un salvaje leyendo, acariciando libros, páginas, vertebras de lomos y tomos de otros Borges que en su ceguera concitó su mundo fogueado y certero en la orilla del malevo.

Su bosque no sólo se construyó de araucarias y pinos insignes. Crujen también los álamos y los trucos sauces que lloran la derrota de la mejor forma posible. El éxtasis que lo quema lo vuelve a los desiertos de Sonora, a los detectives salvajes buscando el amuleto y aquella chica del saludo opaco.

6421082543_20cb1839b4_bRoberto, de vez en cuando vuelve a Blanes, incursiona en la pared verde de su librería encantada, se pasea  – según dicen también – de vez en cuando se ve su sombra por Quilpué, entre San Martín y Freire o Baquedano, entre callejas y muros de adobe que se incineran en recuerdos de infancia; entre viñedos y líneas del tren que cruzan trucando las lomas de sus primeras historias, en esa ciudad que se cae al mar tarde o temprano. Ahí la literatura ha dejado su gesta y lo deja lleno de lectores bajo su estrella distante. Con sus convicciones avanza sopesando el frío y su figura reproduce hechos que reflejan la verba de sus sueños a desparpajo. Pan dulce, una cajetilla, una agenda, un bolígrafo, papel para escribir. Abierto como en una cruz de Cristo Roberto, escribió como loco, escribió ironías en la costa brava, escribió para enviar fotocopias a las editoriales, escribió para obtener menciones y premios en las calles heladas envuelto en su saco de dormir, en el paseo para dormitar la tarde antes de encontrar su mito en los pueblos fantasmas cogido a pesadillas y demonios, allí escribe desde su tumba.

Lo que supo, fue escribir y observar para degustar una manzanilla con churros. Su literatura se sostiene de fuego y cruce de voces que trizan las cenizas y el hielo que tiene cualquier corazón helado. Su tumba está entre una novelita lumpen y sus llamadas telefónicas, o en cualquier esquina del oficio más miserable que para él, no fue nada de extraño.

Pablo Delgado U.

Me gusta verlos pintarse

Publicado: septiembre 29, 2012 en Comentario
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 Pablo Delgado U.

Cuando Jaime Collyer usó: abyectos, despreciables, narcisistas, entre otros epítetos, para describir a los escritores, no estaba lejos ni distante de lo que suele suceder en esa cofradía. Tampoco lo estaba  Parra al poner muy cercana la palabra sospechosos. Al parecer la vanidad es algo menor en ellos; por cierto, hay  vaguedades peores que los cruzan y crucifican descarnadamente, y en la historia literaria, muchos de ellos han dejado abiertas grandes pugnas sin resolver que en sus escuálidas vértebras enhebraron para que no salgan a flote.

¿A qué viene tanta baldía punitiva cuando aún falta tanto camino por recorrer?. “Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar”

Me confunden los escritores como también me sucede con los historiadores, aunque por cierto, mi desconfianza está en los puntos de vistas, sobre todo en las fechas que otorgan a sus realezas. De hecho, los veo pugnar en contradicciones: pujan la aparentabilidad de lo incierto para acertar la parafernalia que sostiene su desidia.

Me veo mejor con los filósofos; hasta es posible decir que tienen otro tono de piel, otra mirada, que suele ser a veces trasparente. Incluso podría sacarme una foto con ellos. En cambio, y no por desprecio, los otros, los escritores bufan otro aire, parpadean lento y enturbian la mirada. Creo, y los he observado, caminan apretados, se sobajean demasiado unos a otros, pero no se confundan que son artimañas, preceptos, consignas que esconden bajo su piel disfrazados para atacar y despresar a su presa.

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El Caballero

Publicado: junio 20, 2012 en Comentario
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El caballero no tiene memoria y pasa muchas veces por ser cauteloso, casi a dispar de sus congéneres. No amerita una inversión mayor en la bolsa de valores o poner todo en los fondos mutuos y por decirlo de otra manera, nos indica que no se debe dejar todo en una misma canasta. El caballero me parece es disperso y se siente como chispas de chocolate un poco antes de hacer el amor. Aquí es donde se presiente si va bien encaminado para que se convierta y se precipite a rebosar su alma de candidato en tener su propio corazón. Un corazón desatado, abierto, inquieto, lleno de gracia a decir de algún poeta amoroso como esos que trafican versos al amanecer después de un buen ron emancipado. Y uno se inquieta como caballo saboreando una ensalada de pasto con azúcar. Y de esta manera uno no interroga al caballero, lo pone en reposo, lo tantea, lo adoba en la sartén a punto de condimentar. Aquí para eso no se requiere ser el mejor chef del River Macher, o del Green Courpe. No, sólo hay que pasearse por lo más cercano, hay que merodear en su playa y coordinar los movimientos, hacerlos como un olímpico, pensando en ganar siempre la carrera y arremeter en las entrañas como el mejor de los cirujanos. Pensando eso si, en generar la vehemencia concebida a esclarecer los hechos del caballero, de profundizar su trama y meramente trasparentar los personajes elegidos.

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