Archivos de la categoría ‘Uncategorized’

BUSCAR LO OBVIO NO ATUSA

Publicado: agosto 26, 2015 en Uncategorized
Etiquetas:,

se busca

Buscar lo obvio no atusa, no aclara, no empecina lo contado ni aquello que se quiere contar. Sabemos que el cuento es hermano misterioso de la poesía, con cierto secreto de mito y leyenda como en otro tiempo literario. El autor a sabiendas bucea su propio devenir, busca su mecanismo para hacer intervenir los elementos dentro de un ciclo perfecto. No hay otra cosa en esto, y al mirar las sigas hacia Borges, lo entendemos perfectamente, por cuanto el cuento representa literatura, algo perfecto y breve.

Considerar que hay medusas rondando no contrae la fragilidad conque se obtiene la fabula de contar; no se obtienen ni las unas ni las otras especies en ese espacio reducido que consideramos para que surjan los rasgos fundamentales. Cuando el autor se desprende de él, es que está en lo cierto. Es que está  Poe consignándonos a que sigamos en ese cajón abierto y cerrado que llamamos cuento. Me gustaría que estos cuentos fuesen -como decía Hemingway- en relación al iceberg, o que cuenten más de lo que ha contado Parra en su poesía.

Posiblemente me guste hacer desafíos y escarbar en Sensini, en Onneti o en Palacio para buscar lo absoluto cuando uno sabe que para contar se debe presumir a Cortázar  un poco más allá de su cuento El río, y su ficcionar sobre la literatura donde denota su notable conocimiento. Habrá que explayarse con ciertos hitos y husmear en Lugones para conservar la palabra, y que ésta no nos defraude en el instante que decidimos contar.

Ser el último en llegar a una callecilla. Empaparse con el don de la última niebla bajando por un callejón en las afueras de Valparaíso. Sentir como uno taconea los zapatos acercándose al muelle donde fondean los barcos, las goletas o los botes que con su fragilidad sortean la furia, que no es más que aquello que se debe sentir al escribir un cuento. Decir con la palabra lo que no está en ese lugar que nadie ha visto.

Apresurarnos cuando se cuenta no está bien visto. Se debe ser parsimonioso, se debe degustar el acto como un buen caramelo de menta o un trago de coñac a la sombra de un nogal, pero nunca de un sorbetón. Es bueno meditar sobre la extrañeza que se debe embozar en esto. Lo que está en cada autor y cómo genera lo esencial de su narración, cómo hace y deshace los nudos congruentes que forcejean  la médula de su historia. Buscar lo obvio no atusa, no aclara, no empecina lo contado ni aquello que se quiere contar.

Considerar que hay medusas rondando no contrae la fragilidad conque se obtiene la fabula de contar; no se obtienen ni las unas ni las otras especies en ese espacio reducido que consideramos para que surjan los rasgos fundamentales.

Cuando el autor se desprende de él, es que está en lo cierto, es que está  Poe consignándonos a que sigamos en ese cajón abierto y cerrado que llamamos cuento.

Pablo Delgado U.

Quilicura / Junio – 2012

 

cuento pablo

 

(Cuento publicado en La Nación – cultura domingo – 2010)

 

El primer y único encuentro que tuvo doña Fresia Almodóvar con Ismael, ocurrió cuando visitaba junto a su familia la casa de los Ferreira. Ese día de veraneo furtivo sirvió para degustar la fervorosa chicha y masticar el pan consumado de los hornos de las lomas, que entonces eran de famosa culinaria en Tameral, lugar cercano a la capital donde se cultivaban todas las hortalizas necesarias y consumidas kilómetros a la redonda. La mañana del 6 de mayo de 1945, ella bajó del carro con su padre y su esposo, don Gilberto Massa de Gruts, terrateniente, quien no la dejaba ni a sol ni sombra y complacía en sus más encumbrados afanes. El receptor RCA Víctor codificaba casi inaudible la noticia despachada desde la ciudad de Berlín, Alemania.

Fresia, de buena estatura, pródiga en belleza, de carnes apretadas, de generosos pechos y levantado trasero que bajo su vestido de grillé marcaba aun más sus esplendorosas curvas de apetecida hembra. Bajaban y subían con la sinuosidad de sus movimientos aquellas lomas encarnadas. Fue en ese momento cuando rozó la mirada de Ismael como una sentencia que ya se sabía consumada. Ismael, arriero de esas tierras y mozo de don Agustín Ferreira, consignaba su tiempo en trámites de notaría, recolector de frutos, además de sirviente de la casa mayor de esa familia.

Esa tarde, después del apetitoso almuerzo convenido y placentero, la degustación de licores de la zona y lo que posteriormente no olvidó Ismael, lo que nunca esperó que sucediera, doña Fresia dejó su hilado chal sobre el sitial del salón principal para salir a tomar la sombra de los parrones que bordeaban la inmensa casa señorial, sin que nadie, – ya que don Gilberto dormía afanosamente y su padre empecinado en otra sala jugaba al póquer con sus amigos – hiciera hincapié en seguir sus pasos.

Sólo Ismael bordeó su salida y condujo también su caminar en la misma dirección. Algo de su perfume quedaba en el aire como un hilillo, dejando pistas o señas por donde debía ir quien quisiera acosarla. El camino de hojas de parra y nogal rozaba sus pasos. Ismael ojeó a su alrededor sin que hubiera un rumor, o una vaguedad que entorpeciera su caminar y el de ella. Se toparon antes de ingresar a la bodega de la servidumbre, en donde se guardaba siempre el pasto para las bestias y uno que otro saco de maíz. Ismael contuvo la respiración para mirarla. Primero desde la nuca y luego hasta los tobillos envueltos en cuero de tupiere, donde se cruzaron sus ojos y los de ella. No fue necesario que se dijesen algo; ella arqueó su cuerpo hacia el de Ismael y rozó con sus dedos el endurecido miembro. Ismael sintió que algo más que su corazón saltaba en su cuerpo. No imaginó nada, todo estaba sucediendo. Cuando ella se aproximó más sosteniendo entre sus labios su lengua nervuda y la apresó entre sus dientes como si fuese un solo sexo, él ya había trozado entre sus dedos la piel lisa y suave de su espalda. Contoneó la caída en los nudillos de sus manos y palpó ese fragor que iba ascendiendo hacia él como un cigarro recién prendido. Así se condujo por un momento hasta que en reincidencia aumentó sus deseos de macho para recorrer con sus palmas la inmensa geografía de esas carnes puestas a devorar. Transpiraba Ismael tocando la piel de ella. Su miembro convulso se extendía y cogía con sus dedos el desnivel de su hermoso cuello; mordía afanoso su delicada presa, tropezaba cada vez levantando sus pechos que apremiaban su lengua como un fruto a devorar. Ella respondía cada uno de los movimientos insistiendo en los arqueos desatados que la hacían buscar afanosamente la prolongación del goce. Nada se dijeron, mejor dicho, se hicieron. Ella entregó ansiosa sus pezones al abanico que la lengua de Ismael le prodigaba. Él bajó lento, sin tropezar, hasta sus caderas y luego extendió su sopor a su ombligo, comulgó sus dedos para buscar su clítoris que fungía ya su natural humedad. Enhebró nudillos y comusiras para hartarse de sus paredes. Torció como un animal su cuello y hundió su cabeza en medio de los esplendorosos muslos de doña Fresia. Ella no sabía de aquella insistencia de carnes y tributos que no apaciguaban. Sólo se dejó envanecer en aquellas sensaciones. Entonces Ismael frunció de arriba a bajo y de costado a costado su traposa y extendida lengua que buscaba destrozar en más instancias el goce. Abrió aquel fruto carnoso e hizo suyo todo el territorio que aquella hembra disponía para él. Sólo faltaba el jadeo de sus cuerpos para abrirse el uno y penetrarse el otro.

Bramó doña Fresia cuando Ismael punzó una y otra vez su poderoso pedazo de carne abriendo sus paredes en ese goce infinito. Remeció el arqueo de su cuerpo haciendo suya esa boca paciendo el contorno de sus labios. Ella esgrimió el goce de aquella penetración que remecía su conciencia en el fusto placer. Duro el miembro, como estepas de raulí que vejaban su candorosa cavidad. Mordió ella cuanto encontraba entre el turbio trasluz de las paredes y el sudor licuado que fenecía en sus manos.

El gemido no despertó la tarde y el rumor de los pájaros era el de costumbre. Se sabían extasiados, al límite de lo que aquella gesta les prodigó.

Cuando ya se escuchaba en las afueras el halar de las ruedas, Ismael retuvo otra vez la noticia desde la RCA Víctor. “Eva y Hitler estaban muertos”.