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BUSCAR LO OBVIO NO ATUSA

Publicado: agosto 26, 2015 en Uncategorized
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Buscar lo obvio no atusa, no aclara, no empecina lo contado ni aquello que se quiere contar. Sabemos que el cuento es hermano misterioso de la poesía, con cierto secreto de mito y leyenda como en otro tiempo literario. El autor a sabiendas bucea su propio devenir, busca su mecanismo para hacer intervenir los elementos dentro de un ciclo perfecto. No hay otra cosa en esto, y al mirar las sigas hacia Borges, lo entendemos perfectamente, por cuanto el cuento representa literatura, algo perfecto y breve.

Considerar que hay medusas rondando no contrae la fragilidad conque se obtiene la fabula de contar; no se obtienen ni las unas ni las otras especies en ese espacio reducido que consideramos para que surjan los rasgos fundamentales. Cuando el autor se desprende de él, es que está en lo cierto. Es que está  Poe consignándonos a que sigamos en ese cajón abierto y cerrado que llamamos cuento. Me gustaría que estos cuentos fuesen -como decía Hemingway- en relación al iceberg, o que cuenten más de lo que ha contado Parra en su poesía.

Posiblemente me guste hacer desafíos y escarbar en Sensini, en Onneti o en Palacio para buscar lo absoluto cuando uno sabe que para contar se debe presumir a Cortázar  un poco más allá de su cuento El río, y su ficcionar sobre la literatura donde denota su notable conocimiento. Habrá que explayarse con ciertos hitos y husmear en Lugones para conservar la palabra, y que ésta no nos defraude en el instante que decidimos contar.

Ser el último en llegar a una callecilla. Empaparse con el don de la última niebla bajando por un callejón en las afueras de Valparaíso. Sentir como uno taconea los zapatos acercándose al muelle donde fondean los barcos, las goletas o los botes que con su fragilidad sortean la furia, que no es más que aquello que se debe sentir al escribir un cuento. Decir con la palabra lo que no está en ese lugar que nadie ha visto.

Apresurarnos cuando se cuenta no está bien visto. Se debe ser parsimonioso, se debe degustar el acto como un buen caramelo de menta o un trago de coñac a la sombra de un nogal, pero nunca de un sorbetón. Es bueno meditar sobre la extrañeza que se debe embozar en esto. Lo que está en cada autor y cómo genera lo esencial de su narración, cómo hace y deshace los nudos congruentes que forcejean  la médula de su historia. Buscar lo obvio no atusa, no aclara, no empecina lo contado ni aquello que se quiere contar.

Considerar que hay medusas rondando no contrae la fragilidad conque se obtiene la fabula de contar; no se obtienen ni las unas ni las otras especies en ese espacio reducido que consideramos para que surjan los rasgos fundamentales.

Cuando el autor se desprende de él, es que está en lo cierto, es que está  Poe consignándonos a que sigamos en ese cajón abierto y cerrado que llamamos cuento.

Pablo Delgado U.

Quilicura / Junio – 2012

Agradezco sinceramente a Cris Fernández (Argentina), y doy testimonio de la publicación de cuatro de mis poemas en su revista virtual:

Letras en el Andén, N° 117.

Esta vez, los “viajeros” elegidos para viajar en esta simpática locomotora virtual,  fuimos:

Pablo Delgado Ulloa – Quilicura – CHILE
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Junto a:
Emilio Nuñez Ferreiro – San Antonio de Padua – Prov. BUENOS AIRES
Fernando Sorrentino – Ciudad de BUENOS AIRES
Eduardo Persico – Lanus – Prov. de BUENOS AIRES

Para leer la publicación en su sitio original y conocer más del trabajo de Cris, deberán pinchar el siguiente  enlace:

http://letrasenelanden.blogspot.com.ar/2015/03/numero-117.html

Cris La Mejor

Cristina Fernández / Editora y Maquinista jefe de Letras en el Andén.
Abogada, mediadora, docente, música, poeta y cuentista.

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MUSTIO PRESAGIO O LOS LÍMITES DE UN DISCURSO

 Pablo Delgado U.

Las evidencias sobre Baldomero Peru, son sólo signos esparcidos en un Valparaíso lejano y poco vidente a la hora de reunir acontecimientos en hechos que pudiesen darnos pistas o signos, de una elocuente vivencia de este autor que estuvo merodeando cerros y orillas de playa por los setenta. Es un creador al borde de lo maldito en la poesía chilena. Prematuramente desaparecido, poco plausible y gestor de una bruma poética poco reconocida por sabedores, desdeñadores o inquisidores de fusta a la hora de desasirse de antologías.

Creador de Mustio Presagio, pieza única que consolida su acercamiento a la ya tan bullada, vasta y sumida marea de creadores de poesía que hicieron en ese entonces, un discurso plebe, consanguíneo y mutante para referirse a sus pares.

Nacido en Valparaíso, según testimonios veedores que lo califican como “melancólico, casi nocturno en su transito por la vida”. Este poeta arribó a esta ciudad en 1956, siendo ésta su primera residencia. Posteriormente su familia se trasladó a  El Salto en la ciudad de Viña del Mar. De allí su deambular entre los mapas de estas dos ciudades.

Su infancia merodeó en textos de naturalezas muertas y pintores renacentistas que no merman su fecunda creatividad. Seguidor de libros de botánica, educación pre escolar, historia universal y manuales para criar conejos, se prodigó de ciertos afanes melancólicos que arrastró hasta sus últimos días de bohemia y disidencia entre las calles, en ese entonces, barrio chino de Valparaíso.

Adolescente, su quehacer literario se fustigó de autores de la talla de Mallarme, Eluard, Trakl y otros creadores prodigando por otro lado un inquietante acercamiento a la obra de nuestro Teillier.

Baldomero Peru, autor que se margina arbitralmente del quehacer local dice: “Nada me es ajeno, he descubierto lo que ya se ha descubierto por otras voces; poseo el don de convertir los gestos, las vicisitudes y los descalabros mutantes en tránsito que versa mi poesía.” Así se posesiona de disyuntivas para crear sus primeros textos: “Fuertes alzas imperan y merman el presupuesto familiar”. Esta insinuante pigmentación prevalece en sus afanes como signo permanente de su obra. La mezcla del paisaje social y contingente transferido a signos haciendo que el tiempo y la figura femenina además, se encausen en su andar poético y, no decaigan a la hora de determinar su intención verbal. “Encontrada con múltiples heridas que acabaron con su vida, mujer de aproximadamente 30 años permanece sin identificar en una de las salas de atención publica de esta ciudad.”

Los atardeceres de Baldomero Peru, por cierto siempre cerca de los muelles, lo prodigaron de características prodigiosas con respecto a sus congeneres de verba poética. Caminante perpetuo de calles y pasajes donde se ilustraba conectado a sus lecturas predilectas. Visitador asiduo de bares, locales o casas, donde convergían sus creaciones entre copas y conversaciones de tópicos que hicieron de él, un mito urbano como muchos otros personajes que deambulan por las calles y sitios diversos de esta ciudad. Valparaíso, como planicie de hojas detonantes, abiertas y húmedas por el mar, fue su receptor para la creación de su poesía, hecha mustiamente entre roqueríos. Sus palabras tejieron el rito metálico del cemento. Memoraron su geografía lingüística en un enjuague versado que dio una perpetuidad a sus textos. Diáfana urbanidad en los bajos fondos del puerto. Aun en viejas paredes, muros a punto de caer, laberintos asimétricos que encausan la entrada hacia los ascensores, baños públicos, escaleras desechas por el tiempo, puertas corroídas de pigmentado quehacer se encuentran sus textos. Vocablos de poesía que enuncian su discurso voceado nunca tardíamente por los jóvenes de hoy.

A sus veintiún años, su camino prodigó una inquietante interrogación respecto del quehacer poético porteño. Otros autores prodigaron otros afanes en la poesía y sus discursos, más bien retóricos, o elocuentes se manifestaron en lo político y amoroso. Generación emergente, nn. Él en todo caso, mustió la verba en situación de yuxtaponer un género contra otro y en lo posible no parecer poético lo que ya estaba convertido en poesía.

Fotógrafo sin cámara, insinuó la xilografía de las calles como soporte gráfico para obtener su única ilusión: su irrealidad como sujeto en la selva porteña, dejando despeñar el  convencimiento de que su vida estaba trunca para más tiempo. Se cobijó en los sitios más inverosímiles para germinar su poesía y mutarla en parte del paisaje.

Este autor, excluyente de generaciones, voceó su pear en gesto urbano dejando el presagio de que su trámite no terminaba en la página en blanco o en la edición limitada del libro. Voceó la contingencia y la premura del párrafo, de la columna periodística, de la crónica roja, de la crítica literaria, del aviso comercial y del abismo poético de su discurso en muros y paredes como ya  he dicho anteriormente. “En venta terreno, 420 metros cuadrados con harto verde y mirada al mar”

Antepuso la tesis del vocablo sólo atrevido al papel para un lector pasivo, y no intervensionista como sucede para un  soporte urbano, gestual, arquitectónico, irracional o estático y de no impulsor de emociones lictuales como in situ, donde la gestualidad del lector cobra una relevancia mayor como signo determinante para validar su obra. Este creador propuso una contraseña hacia la página escrita como tradicional, y volcó esa premisa de escribidor en otro tema para continuar como tipógrafo transfiriendo su escrito al metal rústico de la página en la linotipia.

Ya su poética es controvertida para doctos, curadores, críticos, filósofos, coautores, ensayistas y premonitores de antologías del parnaso mecual como suele suceder en el ámbito de la movilidad creativa donde no están todos, ni son todos los que están. Entonces, reducir su articularidad como poeta a la explanada de la ciudad, no valida su alejamiento póstumo como autor de un discutible discurso de antología. Su obra no está reducida a ser reconocida por lectores furtivos o certeros francotiradores que emularon su discurso mas allá de las paredes como soporte o aquellos que intervinieron en su trazado urbano para luego desfallecer en el anonimato.

Bástese entonces, que este autor ha contribuido con su mensaje a dispersar un tratamiento poético versado en la superioridad del contexto. Su trajinar ambulativo contradice el posesionarse en la página en blanco o discutir los trajines que puede tener un texto a la hora de manifestarse. Mustio Presagio, valida a un creador en la poética discursiva que con la elocuencia inminente rastreó su verso tapiando sin limites una ciudad.

 

Pablo Delgado U. 

(Publicado en Revista El Puñal y en el fanzine Alias & Co.)

Diciembre 2008

 

  

 

 

pablo palacios

 

 

PABLO PALACIO, A PUNTAPIES, PERO NO MUERTO.

 

Pablo Delgado U.

 

Siempre hubo arrogancia en el dossier de Pablo Palacio, (1906/1947) que a temprana edad dejó este mundo. Su historia literaria, interesante, desvinculada ciertamente de la cotidianidad, pone en celo su profunda filosofía que pasa por ser el objetivo creador que plasma en sus textos. La  realidad que penosamente trascendió siendo absurda  y más poderosa que su locura, lo torturó haciendo de él un “magno” particularmente atrayente para quienes han conocido su literatura.

Desde “Un hombre muerto a puntapiés” (primera edición aparecida en Quito el año 1927), rarísimo ejemplar por donde deambulan seres de escrutas pasiones que ajustan su quehacer y su premeditado desencuentro por las miserias del hombre y de una vida que no está lejana ni ausente en muchos de los seres literarios que pasan por las páginas de sus escritos. “El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente”.

Singular artista ecuatoriano vinculado a la corriente innovadora que conmovió a una generación con su talento narrativo para tratar sus personajes, Palacio surte desde la ironía haciendo flejes con el humor hasta  plasmar la deshumanización histórica y profética que envuelve su prosa. Haber de tópicos, antirromántico y jurista. La gran conciencia de sus creaciones estuvo en la parodia y el dramatismo. Desde muy joven se inclinó por lo excepcional haciendo que muchos congéneres se acercaran y dieran hitos a sus creaciones. Distante siempre de la realidad común, sorteó el envés, las olas y los ismos que marcaban el signo de los otros.

Lo que muestra Palacio, son seres toscos, enmarañados, proclives, marginales, pero sustanciosos al momento de transformarlos en literatura. Ahí posiblemente esté la cosmovisión de lo paradójico y mutante de su prosa. La vida misma que encubre la realidad de quienes  poseen el travestismo humano y doloroso de convertir los hechos en una sustancia que se entrelaza con ironía y lo burdo de saber que la realidad es más fuerte.“Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso”.

Su poética constante en “Un hombre muerto a puntapiés” es desmadejar algo no resuelto.  Una enmarañada de hechos uniendo las imágenes  que sus palabras derriten en el papel. Lo sagrado de lo escrito con tan pura palabra. Básteme decir que el talento en ciernes de este creador extrañísimo, es lo que suele pasar muy pocas veces en la literatura, esto que constituye en crear, en destrozar la palabra como los mejores poetas o prosistas que pasaron por esta vida. Hacerlo constituye despresar al sujeto y darle verosimilitud a los vaivenes de su existir y de aquello que lo trajo, lo que constituye hacer su propia literatura. El devenir en la existencia de algunos seres que están entre nosotros, pero que por una u otra razón no tocamos, no rozamos, no anhelamos, no intentamos que sean tan cotidianos como nosotros. Por eso es interesante la mirada y el juicio de Palacio para hacer que aquello aparezca y se constituya en un acervo para depositar en nuestra mirada, lo cual logra imponiendo temas nuevos en la narrativa y usando la parodia como elemento diferenciador del realismo. Causa que es protagonizada por personajes desvastados, marginales en el sentido craneal de la escritura, pero a sabiendas de que están, existen y son parte de una sociedad ciega y funesta para hacer de ellos constituyentes de la realidad no ficcionada.

Aquí lo cierto y lo que tañe es su literatura, -todos los fuegos el fuego o el modelo por armar que posteriormente armó Cortázar–  esa trizadura donde incurrió este generador, y en las jeremías que nos aturdió como suelen hacer los genes creativos de este mundo.

Palacio, entonces, es vocero de aquello que nutre Joyce, maramente la literatura que no pasa de hito en hito, sino reiterativamente muerde con sus textos.

Palacio no queda en deuda con el lector, no hay otra salvedad que la expuesta. La psicología de lo humano se badea en sus escritos y sólo se fusiona con la lectura.

En rigor, lo fundamental de este escritor, creador de lo insólito, evolucionado y atemporal, es cruzar siempre la línea de lo sagrado con su lenguaje, para estremecer nuestro cuerpo antes de ser encontrado un hombre muerto a puntapiés

 

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(Cuento publicado en La Nación – cultura domingo – 2010)

 

El primer y único encuentro que tuvo doña Fresia Almodóvar con Ismael, ocurrió cuando visitaba junto a su familia la casa de los Ferreira. Ese día de veraneo furtivo sirvió para degustar la fervorosa chicha y masticar el pan consumado de los hornos de las lomas, que entonces eran de famosa culinaria en Tameral, lugar cercano a la capital donde se cultivaban todas las hortalizas necesarias y consumidas kilómetros a la redonda. La mañana del 6 de mayo de 1945, ella bajó del carro con su padre y su esposo, don Gilberto Massa de Gruts, terrateniente, quien no la dejaba ni a sol ni sombra y complacía en sus más encumbrados afanes. El receptor RCA Víctor codificaba casi inaudible la noticia despachada desde la ciudad de Berlín, Alemania.

Fresia, de buena estatura, pródiga en belleza, de carnes apretadas, de generosos pechos y levantado trasero que bajo su vestido de grillé marcaba aun más sus esplendorosas curvas de apetecida hembra. Bajaban y subían con la sinuosidad de sus movimientos aquellas lomas encarnadas. Fue en ese momento cuando rozó la mirada de Ismael como una sentencia que ya se sabía consumada. Ismael, arriero de esas tierras y mozo de don Agustín Ferreira, consignaba su tiempo en trámites de notaría, recolector de frutos, además de sirviente de la casa mayor de esa familia.

Esa tarde, después del apetitoso almuerzo convenido y placentero, la degustación de licores de la zona y lo que posteriormente no olvidó Ismael, lo que nunca esperó que sucediera, doña Fresia dejó su hilado chal sobre el sitial del salón principal para salir a tomar la sombra de los parrones que bordeaban la inmensa casa señorial, sin que nadie, – ya que don Gilberto dormía afanosamente y su padre empecinado en otra sala jugaba al póquer con sus amigos – hiciera hincapié en seguir sus pasos.

Sólo Ismael bordeó su salida y condujo también su caminar en la misma dirección. Algo de su perfume quedaba en el aire como un hilillo, dejando pistas o señas por donde debía ir quien quisiera acosarla. El camino de hojas de parra y nogal rozaba sus pasos. Ismael ojeó a su alrededor sin que hubiera un rumor, o una vaguedad que entorpeciera su caminar y el de ella. Se toparon antes de ingresar a la bodega de la servidumbre, en donde se guardaba siempre el pasto para las bestias y uno que otro saco de maíz. Ismael contuvo la respiración para mirarla. Primero desde la nuca y luego hasta los tobillos envueltos en cuero de tupiere, donde se cruzaron sus ojos y los de ella. No fue necesario que se dijesen algo; ella arqueó su cuerpo hacia el de Ismael y rozó con sus dedos el endurecido miembro. Ismael sintió que algo más que su corazón saltaba en su cuerpo. No imaginó nada, todo estaba sucediendo. Cuando ella se aproximó más sosteniendo entre sus labios su lengua nervuda y la apresó entre sus dientes como si fuese un solo sexo, él ya había trozado entre sus dedos la piel lisa y suave de su espalda. Contoneó la caída en los nudillos de sus manos y palpó ese fragor que iba ascendiendo hacia él como un cigarro recién prendido. Así se condujo por un momento hasta que en reincidencia aumentó sus deseos de macho para recorrer con sus palmas la inmensa geografía de esas carnes puestas a devorar. Transpiraba Ismael tocando la piel de ella. Su miembro convulso se extendía y cogía con sus dedos el desnivel de su hermoso cuello; mordía afanoso su delicada presa, tropezaba cada vez levantando sus pechos que apremiaban su lengua como un fruto a devorar. Ella respondía cada uno de los movimientos insistiendo en los arqueos desatados que la hacían buscar afanosamente la prolongación del goce. Nada se dijeron, mejor dicho, se hicieron. Ella entregó ansiosa sus pezones al abanico que la lengua de Ismael le prodigaba. Él bajó lento, sin tropezar, hasta sus caderas y luego extendió su sopor a su ombligo, comulgó sus dedos para buscar su clítoris que fungía ya su natural humedad. Enhebró nudillos y comusiras para hartarse de sus paredes. Torció como un animal su cuello y hundió su cabeza en medio de los esplendorosos muslos de doña Fresia. Ella no sabía de aquella insistencia de carnes y tributos que no apaciguaban. Sólo se dejó envanecer en aquellas sensaciones. Entonces Ismael frunció de arriba a bajo y de costado a costado su traposa y extendida lengua que buscaba destrozar en más instancias el goce. Abrió aquel fruto carnoso e hizo suyo todo el territorio que aquella hembra disponía para él. Sólo faltaba el jadeo de sus cuerpos para abrirse el uno y penetrarse el otro.

Bramó doña Fresia cuando Ismael punzó una y otra vez su poderoso pedazo de carne abriendo sus paredes en ese goce infinito. Remeció el arqueo de su cuerpo haciendo suya esa boca paciendo el contorno de sus labios. Ella esgrimió el goce de aquella penetración que remecía su conciencia en el fusto placer. Duro el miembro, como estepas de raulí que vejaban su candorosa cavidad. Mordió ella cuanto encontraba entre el turbio trasluz de las paredes y el sudor licuado que fenecía en sus manos.

El gemido no despertó la tarde y el rumor de los pájaros era el de costumbre. Se sabían extasiados, al límite de lo que aquella gesta les prodigó.

Cuando ya se escuchaba en las afueras el halar de las ruedas, Ismael retuvo otra vez la noticia desde la RCA Víctor. “Eva y Hitler estaban muertos”.

 

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Lo grato para mí es desconocer metafóricamente al autor de estos textos que me han encomendado discernir ,  avalar o enjuiciar sus letras quebradas que, al juntarse unas con otras se conjugan en un acierto para leer y describir su mundo poéticamente imaginario que puede estar en las riveras de Edgar Allan Poe, Rimbaud, Baudelaire u otros.

El libro de Cristofer Valenzuela “El dolor de la pasión”, (Edición Olga Cartonera 2013) pasa por ser fragmentario en el sentido de los temas, acierta en la construcción como si fuesen cristales que al ser multiplicados producen con su oficio lo contante que permite siempre  el estar en permanente relación con la poesía.

DSC00181Con afán se puede decir que “El dolor de la pasión” tiene un contrasentido que profesa y sobrepasa el dolor. La pasión existe está  cubierta y se encuentra donde nadie piensa que pueda estar.  Cae lenta, despacio, con matices, cómo uno siempre espera que sea una poesía joven, como lo son los textos de Valenzuela.

He allí que buceamos nosotros para encontrar la sirena que nos cante con la voz que empezamos a descubrir en este poeta.  Ese canto a veces es una delicada tarea, tal vez sensible.  Enfrentarnos a textos que acercan y distancian la muerte. Discernir sus contrariedades y ritmos puede ser también un ejercicio filosófico, lo cual merece el apremio y no la duda. Al vadear  su poética es posible que nos topemos con temas que se sienten en otras voces, pero el ejercicio va más allá de descifrar un poema o claudicar.

Por cierto el amor, la soledad, la nostalgia se pasean  en sus palabras, crean el poema y lo hacen fructífero  desde un punto de vista argumentativo. La razón por el cual está escrito de esa manera puede ser un tema evolutivo desde la perspectiva del creador, pero en ciernes desde nuestra mirada.  Nada es absoluto en literatura,  ni convincente, ni elocuente, ni definitivo.  Siempre se está en crisis creativa y razonando sobre la creatividad de las palabras. El respeto a eso es lo que existe en este autor.  Cristofer  Valenzuela, empecinado espécimen, serpentea en sus crisis dejándonos fluir  con muy buena factura el desdén de sus palabras, lo que ve en su mundo, en su portafolio de caminante y que por cierto, va dejando su pasión en ristre como lo suelen hacer los que piensan antes de dedicarse a escribir poesía.

Este autor pertenece a una generación que, a mi entender,  posee una acertada visión de la poética y sus temas: muerte, soledad, nostalgia, amor, pero se  admite con soltura que sus frases ciertamente lo ayudan a crear  su propia visión y estrategia discursiva.

Podemos decir que estamos para hacer  cómplices de su nuevo trabajo, esperar a que ahonde con el mismo furor de ahora los temas que vendrán. Sabemos con juicio premeditado que dará nuevas pistas, traerá las evidencias, y nosotros   nos dedicaremos a vaticinar o entregar  para bien del autor, un nuevo acierto.

 

 

 

   PABLO DELGADO U.                                                          

SANTIAGO, 26/10/2013

 

 

EL DOLOR DE LA PASIÓN

Autor, Cristofer Valenzuela

Editorial Olga Cartonera

 

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Publicado: junio 28, 2013 en Comentario
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       Pablo Delgado U. 

                                                

Escribiendo con un pie en la tumba, Roberto pasaba celebrando la vida como pájaro raro. Con su apariencia enjuta y su abrigo negro se esfumó como el último de los malditos. Rebelde, pasado a tabaco y con algunas copas en el cuerpo irrumpió en los laberintos de lecturas y de su propio laberinto. Su cotidianidad con el cigarrillo se volvió humo y espuma antes de su muerte. Pasó por esta vida encontrando el amor y la bilis de sus mundos. Callejero, fue un espantapájaros para la perime de los escritores.

Bueno para las manzanas, rondó la pulpa y las pepas que lo llevaron por el mundo. México, París, España buscando un café con leche, sueños y pesadillas. Escribir. Escribir venas y arterias de vida. Cargado de ironía buscó la noche que buscan todos los novelistas entre el fracaso y el olvido.   En arrugados y mojados libros incursionó la manía sangrante de sus escritos que parcelaron su poética y le dieron rímel a sus cuentos y novelas. La sangría de sus páginas camina sola por la vera y lo tenaz de su talento es un escrutinio para quienes aún lo tienen entre ceja y ceja buceando sus crónicas y poemas.

Culto, en su cielo viajó buscando nocturno de Chile, a Morel en su invención. Fue un salvaje leyendo, acariciando libros, páginas, vertebras de lomos y tomos de otros Borges que en su ceguera concitó su mundo fogueado y certero en la orilla del malevo.

Su bosque no sólo se construyó de araucarias y pinos insignes. Crujen también los álamos y los trucos sauces que lloran la derrota de la mejor forma posible. El éxtasis que lo quema lo vuelve a los desiertos de Sonora, a los detectives salvajes buscando el amuleto y aquella chica del saludo opaco.

6421082543_20cb1839b4_bRoberto, de vez en cuando vuelve a Blanes, incursiona en la pared verde de su librería encantada, se pasea  – según dicen también – de vez en cuando se ve su sombra por Quilpué, entre San Martín y Freire o Baquedano, entre callejas y muros de adobe que se incineran en recuerdos de infancia; entre viñedos y líneas del tren que cruzan trucando las lomas de sus primeras historias, en esa ciudad que se cae al mar tarde o temprano. Ahí la literatura ha dejado su gesta y lo deja lleno de lectores bajo su estrella distante. Con sus convicciones avanza sopesando el frío y su figura reproduce hechos que reflejan la verba de sus sueños a desparpajo. Pan dulce, una cajetilla, una agenda, un bolígrafo, papel para escribir. Abierto como en una cruz de Cristo Roberto, escribió como loco, escribió ironías en la costa brava, escribió para enviar fotocopias a las editoriales, escribió para obtener menciones y premios en las calles heladas envuelto en su saco de dormir, en el paseo para dormitar la tarde antes de encontrar su mito en los pueblos fantasmas cogido a pesadillas y demonios, allí escribe desde su tumba.

Lo que supo, fue escribir y observar para degustar una manzanilla con churros. Su literatura se sostiene de fuego y cruce de voces que trizan las cenizas y el hielo que tiene cualquier corazón helado. Su tumba está entre una novelita lumpen y sus llamadas telefónicas, o en cualquier esquina del oficio más miserable que para él, no fue nada de extraño.

Pablo Delgado U.