Adolfo Couve, a su verba.

Publicado: junio 20, 2012 en Comentario
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Por  PABLO DELGADO U.   

 

Por cosa del destino, mi acercamiento a la obra de Adolfo Couve fue en una sala de arte. Mi peregrinar  por esos años en busca de un mejor pasar, los atribuí a una zozobra perenne he inquieta para el sosiego de mi incipiente creatividad. Martes, Santiago de Chile, cuatro de la tarde Galería Época. Texto editado sobre la mesa El Tren de Cuerda. Libro menudo, simple, crudo en su impresión y en su empaste. Tapa en blanco, tipografiada en letras negras. Pura simplicidad para la edición  de este interesante autor. Ediciones dela Galería Época, 1976. Ciento treinta y una página.

Es posible que El Tren de Cuerda, El Parque o El Picadero u otros textos me estuviesen esperando como en una caja de Pandora, para saber que allí, también había pinceles, pastas y devaneos de tonos para descubrir que en la verba de este autor y artista estaba el libro, más que eso, el objeto de su discurso como arte. La prolongación de su pintura hecha una prosa depurada.

Adolfo Couve  (Valparaíso 1940 – 1998.) En sus textos de inicio este autor ya enhebraba el hilo de su inesperado final. El sosiego mestizo de su palabra era y fue un descubrir el gesto y deshacer  en la palabra, más que aquello, su pintura para crear la novela.

 

Alejado del ruido, solitario, marginal y además excéntrico, quien inicialmente fue un pintor notado, estudioso y teórico del arte, pasó su afluente devenir hasta extenuarse de los pinceles y tomar como dicción la escritura, forcejear estéticamente sus escritos como forma. Su insatisfacción le permitió crear su obra a partir de una o varias convicciones enfermizas, para recrear la realidad de sus personajes; que fluyen  en un sentido pictórico, y tal vez, desconocidos para él, pero consecuentes en dar sus tonos.

Bien sabemos del traslado de imágenes que como en  La lección de pintura, son una gestualidad donde el narrador en vanas intenciones, manifiesta su haber y afectiva afectividad.

El tratamiento cinematográfico está en Couve, se percibe en sus escenas invertidas por sus personajes que velan su prontuario en el anacrónico dialogo donde intervienen el presunto manifiesto de su paisaje, que bien podrían estar en una fotografía de esas de playa,  y además de cajón. Objetivo que Couve logra en maestría de creador; dotado de lo que pocos escritores sostienen en sus obras. Este artista a demostrado su perfección al ser perfectivo y realista con su génesis. A depurado su literatura hasta la conformidad de lo inconforme y ser capaz de destruirla para que en toda complejidad realista sea una realidad.

Se debe entonces, intervenir en sus relatos para alucinarse de esa construcción metística y poética de su prosa estilística que converge en dejar pliegues como en sus telas de naturalezas muertas. Allí hay signos para entender que se está a boca de jarro de un gran creador.

“Aún recuerdo cómo mi padre trazó el picadero. Clavaron con gran ceremonia una poderosa estaca, y haciendo girar una yunta de bueyes describieron en el suelo una circunferencia perfecta.”

He aquí un comprimido texto que entrega el  suceso inicial de El picadero, manejo de medios para hacer un síntoma real de un hecho y preservar un recuerdo mínimo, pero elocuente para permanecer en el tiempo.

 

 

 

Pablo Delgado Ulloa

Quilicura, Mayo de 2009

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